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22/04/2026 - Edición Nº341

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A un año de la muerte de Francisco, Sergio Rubin homenajeó al papa

21/04/2026 07:33 | A un año de la muerte del papa Francisco, regresé a la iglesia del barrio donde Jorge Bergoglio descubrió su vocación religiosa.



A un año de la muerte de la muerte de Francisco, Sergio Rubin homenajeó al papa

A un año de la muerte del papa Francisco, regresé a la iglesia del barrio donde Jorge Bergoglio descubrió su vocación religiosa.

Al cumplirse un año de la muerte del papa Francisco, sentí la necesidad de volver a un sitio clave de su historia personal. No al Vaticano, no a los grandes escenarios donde ejerció su pontificado, sino a San José de Flores, la iglesia del barrio donde empezó a definirse su destino.

Hay lugares que explican a una persona mejor que cualquier biografía. Este templo es uno de ellos. Acá no se encuentra solamente una referencia religiosa, sino la raíz más profunda de Jorge Bergoglio: el adolescente de Flores, el vecino común, el muchacho que todavía no imaginaba la magnitud de lo que vendría después. Caminar hoy por esta parroquia es recorrer los primeros capítulos de una vida que terminaría teniendo impacto mundial.

Dentro de la iglesia hay un punto que concentra una carga especial: el confesionario. Para muchos es un mueble más dentro del templo. Para quienes conocen la historia de Francisco, es el lugar donde todo cambió.

Fue allí donde, siendo muy joven, decidió entrar a confesarse en una jornada de primavera, cuando iba rumbo al tradicional picnic estudiantil. Nada hacía pensar que ese momento aparentemente rutinario iba a marcar el resto de su vida. Frente al sacerdote, Bergoglio descubrió su vocación. Comprendió que quería ser sacerdote y empezó un camino que lo llevaría décadas después a conducir la Iglesia Católica.

Hoy ese confesionario ya no pertenece solo al pasado. Se convirtió en uno de los espacios más buscados por quienes visitan San José de Flores para rendir homenaje a Francisco. A lo largo del día llegan personas de distintas edades con pedidos, agradecimientos y emociones a flor de piel. Muchos dejan pequeños mensajes escritos, otros rezan en silencio y algunos simplemente se quedan observando el lugar donde comenzó una historia extraordinaria.

La parroquia recibe vecinos del barrio, fieles de distintos puntos del país y visitantes extranjeros. Todos encuentran aquí una dimensión diferente del papa argentino: no la del líder mundial, sino la del hombre que tuvo raíces concretas en una comunidad determinada. Lo que se respira no es solemnidad, sino cercanía. Una memoria construida desde el afecto y sostenida por la gente común.

Siempre creí que para entender a Francisco había que entender también a Flores. El barrio fue escenario de su infancia, de sus primeros vínculos, de su formación y de sus pasos iniciales en la fe. En esta iglesia también permanece el altar donde celebró misa cuando ya era sacerdote. Mucho antes de ser una referencia global, fue el Padre Jorge: un cura cercano, de lenguaje directo, atento a las preocupaciones reales de quienes se acercaban a hablar con él.

Esa marca todavía permanece. A un año de su fallecimiento, el barrio lo sigue sintiendo propio. Se percibe en las charlas, en los recuerdos compartidos, en la emoción de quienes lo nombran con familiaridad.

Desde luego, la dimensión de Francisco fue mucho más allá de su barrio natal. Su voz alcanzó a millones de personas en todo el mundo y dejó una impronta particular en la Iglesia contemporánea. Promovió una institución más abierta, insistió en que nadie debía quedar afuera y puso en primer plano temas 

sociales que a menudo eran relegados. Habló de pobreza, de exclusión, de migraciones y de paz en tiempos atravesados por guerras y conflictos.

Su legado combina una rara síntesis: cercanía personal y proyección global. Conservó la sencillez del cura porteño aun cuando se convirtió en una de las figuras más influyentes del planeta.