Hoy quiero detenerme un momento para hablar de una de las personas más importantes de mi vida. Quiero recordar, homenajear y abrazar con mis palabras a mi mamá, Elbita. Una mujer hermosa, de esas que Dios pone en el camino de uno y que dejan una marca para siempre.
Mamá tenía una cara divina, unos ojos celestes preciosos y una figura física hermosa. Pero, con el paso del tiempo, uno comprende que lo más lindo de ella no estaba solamente en su belleza exterior, sino en su corazón, en su carácter, en su manera de vivir y en ese don tan especial que tenía para alegrarle la vida a los demás.
¡Qué mujer, por Dios!
Era jodona, chistosa, divertida, un poco safada en sus ocurrencias, y tenía una capacidad increíble para hacerte reír. Era de esas personas que te largaban un comentario, un chiste o una salida inesperada y terminabas muerto de risa. Y ella se reía también, con esas ganas, con esa alegría tan suya que contagiaba a todos.
Pero, además, tenía algo maravilloso: siempre encontraba la manera de regalarte un piropo, una palabra linda, un elogio o una frase que te levantaba el ánimo. No importaba si se encontraba con una mujer o con un hombre, si era alguien conocido o un desconocido. Mamá tenía esa facilidad de hacerte sentir bien, de reconocerte algo lindo, de sacarte una sonrisa. Era su manera de repartir cariño por el mundo.
Y si había algo que la pintaba de cuerpo entero era su forma de relacionarse con la gente.
Salías a caminar con mamá y hacías una cuadra… ¡y te quedabas parado porque ella se encontraba con alguien y se ponía a conversar! Seguías caminando, hacías otra cuadra y volvía a pasar lo mismo. Siempre había alguien a quien saludar, alguien con quien charlar, alguien a quien preguntarle cómo estaba.
Y lo más extraordinario era que para ella no existían diferencias.
Podía detenerse en un ranchito para conversar con una persona muy humilde, con la misma naturalidad, respeto y cariño con los que podía hacerlo con alguien de una posición económica importante. A todos los trataba igual. A todos les dedicaba tiempo. A todos les regalaba su sonrisa.
Mamá no miraba cuánto tenía una persona. Miraba a la persona.
Y esa, para mí, es una de las enseñanzas más grandes que nos dejó.
UNA LEONA PARA SUS SIETE HIJOS
Si algo caracterizaba a mamá era su preocupación permanente por nosotros. Sus siete hijos éramos su mundo, y también estaba siempre pendiente de sus nietos, a quienes sabía malcriar con ese amor tan particular que tenía.
Sus preguntas eran las de una madre de verdad, de esas que no dejan de cuidarte nunca, aunque ya seas grande:
«¿Comiste?»
«¡Abrígate!»
«¿Dormiste?»
Y uno, a veces, podía contestar apurado, estar en otra cosa o no darle la importancia que merecía a tanta preocupación. Pero hoy entiendo que esas preguntas eran su manera de decirnos: te amo, me importás, quiero que estés bien.
Era una leona con sus hijos. Nos cuidaba, nos defendía, se preocupaba por nuestra salud, por nuestras cosas, por nuestros problemas. Siempre quería saber cómo estábamos. Siempre encontraba alguna manera de ayudarnos.
Y también nos malcriaba, ¡cómo no! Porque tenía esa mezcla hermosa de madre protectora, compañera, cómplice y divertida.
Nos dejó algo mucho más importante que cualquier cosa material: nos inculcó valores, principios, respeto, solidaridad y buenos consejos. Nos enseñó con sus palabras, pero sobre todo con su ejemplo.
Y hoy, cuando miro la vida y pienso en las personas que somos sus hijos, siento que una parte enorme de lo bueno que tenemos nació de ella, de sus enseñanzas, de sus valores y de esa manera tan humana de mirar a los demás.
Porque al final de la vida, lo que verdaderamente importa es eso: ser buenas personas.
Y mamá se ocupó de enseñarnos ese camino.
LA MAESTRA QUE SE LEVANTABA A LAS CINCO DE LA MAÑANA
Hay una imagen de mamá que llevo guardada en el corazón.
Era maestra y se levantaba a las cinco de la mañana para ir a enseñar a los alumnos de la escuela de Guayquiraró. Cumplía con su vocación, con su responsabilidad y con el compromiso de educar.
Pero antes de salir, aun cuando todavía era de madrugada, tenía tiempo para nosotros.
A cada uno de sus siete hijos nos llevaba el café con leche y un pan casero a la cama.
¡A los siete!
Imaginen lo que significaba eso. Mientras muchos todavía dormían, ella ya estaba en movimiento, pendiente de sus hijos, preparando todo, cuidando cada detalle y lista para empezar su jornada.
Y mamá siempre tenía sus olores ricos. Siempre fresca, perfumada, arreglada, con esa presencia tan linda que la caracterizaba. Tenía algo especial, una forma de estar, de caminar, de hablar y de presentarse que no pasaba inadvertida.
Era maestra de profesión, pero también fue nuestra primera maestra de la vida.
Porque las lecciones más importantes no siempre se enseñan frente a un pizarrón. Muchas se enseñan en una cocina, al amanecer, con un café con leche y un pan casero; en una conversación; en un consejo; en una mano tendida a quien necesita ayuda.
Y ella nos enseñó de todas esas maneras.
CHUCHA, EL PLATO DE COMIDA Y UNA LECCIÓN QUE NUNCA OLVIDÉ
Hay recuerdos de la infancia que, con el paso de los años, se vuelven verdaderas lecciones de vida.
Éramos muy chicos y, por casa, pasaba una viejita muy pobre que se llamaba Chucha. Tenía que recorrer una distancia importante para llegar hasta su ranchito.
En algún momento, mamá nos preguntaba quién podía llevarle un plato de guiso.
Y nosotros, a veces, andábamos en la pavada, jugando o distraídos con nuestras cosas. Entonces, como no aparecía el voluntario, mamá terminaba agarrando el plato y llevándoselo ella misma.
Llegaba al ranchito de Chucha y no se limitaba a dejarle la comida e irse. Se quedaba un rato a conversar con ella, compartía un momento y hasta se fumaba un cigarro casero con aquella mujer.
¡Esa era mamá!
No necesitaba hacer discursos sobre la solidaridad. No necesitaba explicarles a los demás cómo había que comportarse. Simplemente lo hacía.
Veía a alguien que necesitaba ayuda y ayudaba.
Veía a una persona que podía estar sola y le regalaba su tiempo.
Entendía que un plato de guiso podía calmar el hambre, pero que quedarse a conversar también podía alimentar el alma.
Y hoy, cuando vuelvo a esa escena, me doy cuenta de que aquella mujer que llevaba comida a un ranchito estaba dejando una enseñanza enorme en sus hijos.
Nos estaba mostrando que la bondad no se declama: se practica.
Que no importa cuánto tengas, sino cuánto estés dispuesto a compartir.
Y que nunca debemos creernos más que nadie, porque todos merecemos el mismo respeto y la misma dignidad.
Quizás en aquel momento no comprendíamos del todo lo que estaba haciendo. Éramos chicos. Pero esas imágenes quedan guardadas en algún lugar del corazón y, con el tiempo, terminan explicándonos quiénes somos y de dónde venimos.
Gracias, mamá, por aquella lección. Y por tantas otras.
SU FE EN LA VIRGEN MILAGROSA
Mamá también era una mujer profundamente devota de la Virgen Milagrosa.
Tenía una fe inmensa y hablaba de la Virgen con una confianza que emocionaba. Muchas veces decía que la había sacado de situaciones difíciles, tanto en cuestiones económicas como de salud, y que había sentido su protección en momentos en los que necesitaba ayuda.
Mamá rezaba. Pedía por ella, por sus hijos, por sus nietos y por las personas que llevaba en el corazón.
Su fe era parte de su vida cotidiana. Era su refugio, su esperanza y su manera de encontrar fuerzas para seguir adelante.
Y quienes la conocimos sabemos que esa devoción no estaba separada de su forma de ser. Su fe también se expresaba en sus acciones, en su solidaridad, en su generosidad y en su preocupación por los demás.
Estoy seguro de que muchas de sus oraciones llevaban nombres, rostros y preocupaciones concretas. Porque mamá era así: podía estar pensando en sus propias dificultades y, al mismo tiempo, estar preocupada por alguien que necesitaba una mano.
UNA CONTADORA DE CHISTES QUE NOS HACÍA MORIR DE RISA
Y no quiero recordarla solamente desde la emoción, porque sería imposible hablar de Elbita sin hablar de su humor.
Mamá era una contadora de chistes extraordinaria. Tenía salidas inesperadas, comentarios pícaros y ocurrencias que podían convertir cualquier encuentro en un momento inolvidable.
Se divertía, hacía divertir y se mataba de risa. Muchas veces, seguramente, la gracia estaba tanto en lo que contaba como en la manera en que lo hacía.
Tenía esa chispa especial que no se aprende. Era parte de su personalidad.
Y qué regalo tan grande es haber tenido una madre así. Una madre que, además de cuidarte y enseñarte, te hacía reír, te levantaba el ánimo y convertía los momentos sencillos en recuerdos hermosos.
Hoy daría cualquier cosa por volver a escuchar uno de sus chistes, por verla largar una de sus ocurrencias, por escuchar esa risa y por compartir con ella una de esas conversaciones que parecían no terminar nunca.
Porque cuando alguien que amamos ya no está físicamente, empezamos a descubrir cuánto valían esas pequeñas cosas que, mientras sucedían, parecían tan normales.
HOY QUIERO HOMENAJEARTE, MAMÁ
Hoy quiero recordarte con todo mi cariño, con todo mi amor y con un orgullo inmenso de ser tu hijo.
Quiero que quienes te conocieron vuelvan a sonreír al recordarte. Que se acuerden de tus ojos celestes, de tu belleza, de tu perfume, de tus piropos, de tus chistes, de tus conversaciones interminables y de esa manera tan tuya de hacer sentir importante a cada persona.
Y quiero que quienes no tuvieron la suerte de conocerte puedan descubrir, a través de estas palabras, la mujer maravillosa que fuiste.
Fuiste una madre presente, protectora, compañera y malcriadora. Una maestra que madrugaba para enseñar. Una mujer solidaria que se acercaba a los más humildes sin hacer diferencias. Una creyente que confiaba en la Virgen Milagrosa. Una mujer alegre, pícara, divertida y de un carácter verdaderamente especial.
Pero, por encima de todo, fuiste una buena persona.
Y eso es lo que más orgullo me da.
Porque la belleza física puede llamar la atención, pero la belleza del alma es la que permanece. Y vos tenías las dos.
Mamá, gracias por tus enseñanzas, por tus consejos, por tus cuidados, por tus rezos, por tus cafés con leche y tus panes caseros, por tus abrazos, por tus preocupaciones y por cada una de esas pequeñas cosas con las que construiste nuestra historia.
Gracias por enseñarnos a respetar a todos, a no mirar de arriba a nadie, a tender una mano y a entender que la vida vale mucho más cuando se comparte.
Gracias por haber sido esa leona que siempre estaba pendiente de sus siete hijos.
Gracias por ser Elbita.
Hoy te recuerdo con una sonrisa, aunque se me humedezcan los ojos. Porque hablar de vos es volver a casa, a nuestra infancia, a esos días en los que tu voz y tu presencia hacían que todo pareciera estar bien.
Y si algo deseo es que la vida nos permita honrarte siendo, cada día, un poquito más parecidos a vos en lo verdaderamente importante: en la bondad, en la alegría, en la solidaridad y en el amor por los demás.
Te quiero, mamá. Te admiro. Y estoy orgulloso de ser tu hijo.
Que la Virgen Milagrosa, en quien tanto confiaste, te cubra siempre con su manto.
Y dondequiera que estés, ojalá puedas saber que tus enseñanzas siguen vivas, que tu recuerdo nos acompaña y que tu amor continúa presente en cada uno de tus hijos.
Porque una mujer como vos no se va del todo.
Se queda en sus hijos, en sus nietos, en las personas a las que ayudó, en las risas que provocó, en las puertas donde se detuvo a conversar y en cada corazón que tocó con su bondad.
Elbita, mi mamá, una mujer hermosa por dentro y por fuera. Una mujer inolvidable. Mi mamá, para siempre.